Cierta vez, hubo una leyenda andando por las calles de Buenos Aires. Se rumoreaba que en los potreros había una jugador que ganaba por si solo todos los partidos que su equipo jugaba. Podía jugar con diez picapiedras que el siempre iba a meter un gol más que los rivales. El muchacho era una cosa de locos, marcaba una diferencía abismal con el resto, nunca metía menos de cinco goles por partido. Gambeteaba excelente con la derecha y mejor aún con la zurda, su cabezazo era terrible. Tenía un radar en la cabeza, siempre sabía donde estaba el compañero mejor ubicado, daba pases sin mirar, saltaba como un canguro. Flotaba en el aire antes de impactar la pelota con una furia que del pelotazo podría abrir un coco en dos. Algunos contrarios no lo veían. Era tan rápido que se perdiá entre el polvo, la tierra y los botines que querían asestarle algún puntinazo en la zona del pubis (si no era ahí, otro golpe en otro lugar, no lo frenaba). El ñato era tan único, que cuando hacía más calor, corría más veloz, a algunos les podía sacar veinte metros en diez. La pelota iba pegada a sus pies, nunca la perdía, y sí rara vez lo hacía, era culpa de él más que mérito del contrario. Así todo, la recuperaba en menos de lo que canta un gallo.
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14.7.10
8.7.10
El llevador de alegrías
Si me preguntan de que trabajo respondo: "De llevador, señor". ¿Llevador?, sí, aunque no me lo reconozcan, es mejor que cartero. Cartero... ¡¡¡cartero!!!. Cartero es el macho de la cartera, y la cartera no lleva alegrías. Mucho menos ilusiones y tampoco llantos. Llevador señoras y señores. Y me niego a llevar tristezas. Aunque no lo puedo evitar. Es así la vida y hay que tomarla como tal. Por eso llevo, llevo alegrías, ilusiones, sueños, esperanzas, y todo lo que una mano escribe. No cuento la tristeza y la amargura, mucho menos el dolor o la pena. Aquellas se meten sin que me de cuenta en mi bolso y no pesan, por eso no me doy cuenta., y se guardan el peso para el que la recibe. Por eso duelen tanto. Si, aunque sea, en mi bicicleta podría sacarmelas, por lo menos, alivianarlas. Pero no. Llevo, nunca traigo.
La culpa la tiene la bicicleta. Desde chico veía esas dos ruedas inglesas, con esa finura que tiene su cuadro y volante y me imaginaba lo que sería pedalearla por los empedrados de mi calle. Sabía que el asiento era mullido porque una vez mi padre me sentó y me dió dos vueltas por el patio. La bici era grande para el patio, con dos vueltas ponía en peligro las macetas de mamá. Así conocí la bicicleta, y cuando me hice grande busqué aquel trabajo que me podría dar ese placer. Llevador, señoras y señores. No cartero.
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Mañana fue el día de la Independencia
Yo no soy nadie. No hice nada para la indepencia de mi patria, nací muchos años después. No aporté y ni aporto nada para mantener esta nación alejada de los intereses imperiales y creo que nunca lo haré. Así todo, leí, bastante, no mucho, acerca de la indepencia de la nación. Las lecturas dejan entrever que hubo más que decenas de héroes. San Martín, Belgrano, Moreno, Rosas... son los que encabezan la lista, pero en realidad hay muchos más que los ya conocidos. Igual el tema no pasa por ahí, los heroes fueron. Ya está. Es pasado. Queda en el hoy buscar la mejor manera de honrarlos, pero ya no ahí. Holazánes es lo que hay hoy. Nada más. Son todos canallas que sólo buscan hacer feliz su bolsillo a costa de la vida de los demás. Igual el tema no pasa por ahí.
Mañana fue el día de la independencia de la patria. Hay que pensar que hoy, hace tiempo, gente se mataba a trabucazos, sablazos o eran colgados por defender un ideal, un sueño, mejor. Un 8 de julio, entre tantas muertes y batallas, en algún que otro estómago de nuestros héroes algo les hacía ruido porque sabían que mañana podía se EL día. Más de uno no habrá podido dormir pensando en mañana y en lo que vendría. Cómo sería la reunión, quienes vendrían, si iba a salir todo bien. "¡¡¡Tomás!!!, ¡que hacés a esta hora despierto?", "es que no me puedo dormir querida, estoy muy nervioso", "Vení, sentate que te hago unos mates así te tranquilizas, vas a ver que saldrá todo bien".
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3.7.10
Cosas que pasan en mi barrio
Dos señoras esperan ser atendidas en una verdulería. Mientras lo hacen comienzan a cuchichear por lo bajo porque sólo una persona atiende, mientras la otra empleada acomoda manzanas en un cajón. Ellas no son las siguientes en la fila... hay una persona más, por lo que cada segundo sin atenderlas pesa como horas en estas apuradas damas. Ya no sólo comentan lo sucedido, sino que critican (sobre todo a la empleada que acomoda mercadería, y más bajo en el tono aún) y también, porque no, comentan lo mal que está todo, tanto en una verdulería, como en la carnicería, en la estación de trenes, en el país y en el mundo.
Minutos después, una de estas dos mujeres va a la panadería; "cuanto sale el kilo d pan", pregunta. "5 pesos señora", "aaa... entonces dame 2 70 q es todo lo q tengo".
Minutos después, una de estas dos mujeres va a la panadería; "cuanto sale el kilo d pan", pregunta. "5 pesos señora", "aaa... entonces dame 2 70 q es todo lo q tengo".
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15.4.10
Resaca
Habíamos terminado de jugar y el sol ya no se aguantaba más. A pesar de no verlo, había calentado las chapas del techo de la cancha de tal forma que hasta el aire quemaba. Sacamos la cuenta, de los diez que jugabamos, dos se iban, uno no iba a comer porque es vegetariano y se sumaba la novia de Juan que vino a ver a su novio, después de que le insistiera por quinta vez. Le hizo caso y el nunca más le va a pedir que vaya... no metió ni un gol y se erró un penal. Eramos, entonces, Juan, Mara ("yeta" según Juan a partir de ese día), Pochi, el Tarta, Nico, Blister y su mujer, yo y mi hermano Pedro.
La cancha era techada pero el asado era en un parque de la puta madre, enorme, lleno de árboles y con una pileta increíble. Terminamos de jugar y mientras Pedro se puso a hacer el asado y las mujeres la picada, nosotros nos tiramos a la pileta. Como Blister laburaba en una cervecera, había conseguido los cajones de cerveza a precio de costo, asi que algo podía faltar, pero cerveza, no.
La cancha era techada pero el asado era en un parque de la puta madre, enorme, lleno de árboles y con una pileta increíble. Terminamos de jugar y mientras Pedro se puso a hacer el asado y las mujeres la picada, nosotros nos tiramos a la pileta. Como Blister laburaba en una cervecera, había conseguido los cajones de cerveza a precio de costo, asi que algo podía faltar, pero cerveza, no.
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28.3.10
Fefa, ¡mano eso!
—¡Maaano juez!, ¡¡¡la puta que te parió che, fue mano!!!—Yolanda escupía la melba mientras insultaba al referí.—. ¡Eeee juez, fue mano eso, sos ciego o pelotudo!
El partido entraba en sus últimos diez minutos y Villa Autopista La Plata-Buenos Aires, actuales campeones de la categoría, perdía 2 a 0 ante el local.
—¡No ves una mierda juez!— Jorguito continuaba con el despiadado ataque hacia el colegiado, que había comenzado su mujer desde la tribuna.
La pelota seguía su recorrido, le rebotó en la mano al 10, le vuelve a sus pies y saca un pase para el 3.
—¡Arbitro fue mano eso!—Yoni, delantero de los Villeros quería justicia y corría desde atras, gritandole al impertubable referí.—¡Árbitroo!.
—¡¡¡Se calla la boca señor!!!—y la tarjeta amarilla se refleja entre el ceño fruncido y enojado del defensor.
—¡Pero que me amonestá!, ¡fue mano!
—Una más y se va.
El partido entraba en sus últimos diez minutos y Villa Autopista La Plata-Buenos Aires, actuales campeones de la categoría, perdía 2 a 0 ante el local.
—¡No ves una mierda juez!— Jorguito continuaba con el despiadado ataque hacia el colegiado, que había comenzado su mujer desde la tribuna.
La pelota seguía su recorrido, le rebotó en la mano al 10, le vuelve a sus pies y saca un pase para el 3.
—¡Arbitro fue mano eso!—Yoni, delantero de los Villeros quería justicia y corría desde atras, gritandole al impertubable referí.—¡Árbitroo!.
—¡¡¡Se calla la boca señor!!!—y la tarjeta amarilla se refleja entre el ceño fruncido y enojado del defensor.
—¡Pero que me amonestá!, ¡fue mano!
—Una más y se va.
17.3.10
Memby Kurapepé
Su vida como jugador de fútbol fue tal cual definió su situación Fontanarrosa en algún que otro reportaje; "mi fracaso en el fútbol se debió a dos razones: una mi pierna izquierda y la otra mi pierna derecha". Jugó en equipos del ascenso -siempre más suplente que titular-, sobre todo de la D y ya casi en el final de su corta carrera (apenas jugó 9 años, de los 18 a los 27) tuvo su bautismo en primera A. Deportivo Mandiyú de Corrientes había contratado a Maradona como DT y este lo sumó al plantel ante un pedido expreso de su mujer Claudia. Al ser, nuestro personaje, amigo de su hermana y por tener buena relación con la mujer del 10, logró que esta le insistiera a Diego con darle una chance y como ellos venían mal, y el astro quería repuntar la relación, le terminó dando bola. Maradona duró poco y el menos, entró a 5 del final en el debut del DT. Derrota ante Central por 2 a 1. Después, nunca más integró el banco de suplentes.
Se retiró al poco tiempo, hizo el curso de DT y luego de un gran depresión, la típica que les agarra a los jugadores fracasados cuando ya saben que no van a patear en el verde césped nunca más, se exilió en Uruguay por un tiempo. Primero estuvo en Canelones, pero en Colonia fue donde se le rotó el eje y encontró una nueva manera de jugar al fútbol. Como era horrible con los pies, practicó la cabeza y la docencia y empezó como ayudante de campo en Plaza Colonia, equipo que nunca había debutado en las ligas mayores rioplatenses.
Se retiró al poco tiempo, hizo el curso de DT y luego de un gran depresión, la típica que les agarra a los jugadores fracasados cuando ya saben que no van a patear en el verde césped nunca más, se exilió en Uruguay por un tiempo. Primero estuvo en Canelones, pero en Colonia fue donde se le rotó el eje y encontró una nueva manera de jugar al fútbol. Como era horrible con los pies, practicó la cabeza y la docencia y empezó como ayudante de campo en Plaza Colonia, equipo que nunca había debutado en las ligas mayores rioplatenses.
12.3.10
¡Toma gaucho!
El murmullo que hacen las piedras cuando son aplastadas por la goma de un auto fue lo que me hizo recordar aquella tarde. Vino a mi mente como un haz de luz entra por el pequeño orificio de puerta de madera, así, casi sin querer, dándole claridad a un ambiente, vislumbré aquel recuerdo como un bálsamo de alegría y nostalgia. Había pasado mucho tiempo.
Eran esas tardes de pleno otoño en el final del verano. La estación que prepara los árboles para su afeitada final, en invierno, irrumpía a su par para recordarle que en pocos días sería su arribo y el estival se tendría que ir. Y a mí me recordó que desde su última llegada yo no me había dado ese descanso que me exigía por vivir en una ciudad consumidora de personas y liquidadora de esperanzas. Entre otoño y primavera realizaba viajes a pueblos o parajes, con el afán de descargar todas mis energías en esos lugares donde hacía años, la energía había desaparecido o disminuido, producto de su abandono y olvido. Ver como es vivir tranquilo. O sin energías.
Así fue que ese último otoño viajé a Uribelarrea, un pueblito a no más de 100 kilómetros de Buenos Aires. Llegué con mi cámara de fotos y tarde -en general, cuando viajaba, lo hacía desde tempranas horas de la mañana para poder aprovechar bien el día-, no tenía intensiones de quedarme mucho tiempo, ya que el mapa me mostraba que el lugar era muy pequeño y la nula información en internet me daba el indicio de que mucho para hacer no habría. El pueblo tiene una entrada tan larga y rara que da la sensación de que no te quiere como visitante.
Eran esas tardes de pleno otoño en el final del verano. La estación que prepara los árboles para su afeitada final, en invierno, irrumpía a su par para recordarle que en pocos días sería su arribo y el estival se tendría que ir. Y a mí me recordó que desde su última llegada yo no me había dado ese descanso que me exigía por vivir en una ciudad consumidora de personas y liquidadora de esperanzas. Entre otoño y primavera realizaba viajes a pueblos o parajes, con el afán de descargar todas mis energías en esos lugares donde hacía años, la energía había desaparecido o disminuido, producto de su abandono y olvido. Ver como es vivir tranquilo. O sin energías.
Así fue que ese último otoño viajé a Uribelarrea, un pueblito a no más de 100 kilómetros de Buenos Aires. Llegué con mi cámara de fotos y tarde -en general, cuando viajaba, lo hacía desde tempranas horas de la mañana para poder aprovechar bien el día-, no tenía intensiones de quedarme mucho tiempo, ya que el mapa me mostraba que el lugar era muy pequeño y la nula información en internet me daba el indicio de que mucho para hacer no habría. El pueblo tiene una entrada tan larga y rara que da la sensación de que no te quiere como visitante.
31.1.10
La culpa la tiene el correo
11 de Julio de 2010, 18:32 hs; el jugador hispano-argentino Lionel Messi festeja con sus compañeros la obtención de la primera Copa del Mundo para España.
Xabi Alonso, Iniesta y Piqué alzan por sobre todos sus compañeros al héroe de la noche.
A cuatro minutos del final del partido, Messi agarró la pelota (como es de costumbre) en la banda izquiera, hizo una pared con Xavi dejando dibujado a Di María, eludió a Heinze y su feroz patada, esquivó a Verón, encaró a Mascherano y con un caño lo dejó parado, y cuando Demichelis quisó frenarlo tocó de vuelta para Xavi y con otra pared enfrentó a Romero que sólo fue testigo de como un sutil sombrero se colaba en el ángulo izquierdo de su arco. Era gol y campeonato para España y luego de dudar por un segundo, Messi salió disparado a gritar el gol con todos sus compañeros.
Xabi Alonso, Iniesta y Piqué alzan por sobre todos sus compañeros al héroe de la noche.
A cuatro minutos del final del partido, Messi agarró la pelota (como es de costumbre) en la banda izquiera, hizo una pared con Xavi dejando dibujado a Di María, eludió a Heinze y su feroz patada, esquivó a Verón, encaró a Mascherano y con un caño lo dejó parado, y cuando Demichelis quisó frenarlo tocó de vuelta para Xavi y con otra pared enfrentó a Romero que sólo fue testigo de como un sutil sombrero se colaba en el ángulo izquierdo de su arco. Era gol y campeonato para España y luego de dudar por un segundo, Messi salió disparado a gritar el gol con todos sus compañeros.
13.11.09
Comentarios en un barrio
Esto pasó en un barrio del Gran Buenos Aires, esos barrios en donde todavía se ven señoras con el pañuelo en la cabeza caminando por la calle con el changuito, yendo de compras. Donde aún se escucha el grito de algún botellero, esos de los de antes, que realmente juntan botellas y también heladeras, cocinas y/o cualquier artefacto en desuso. Un barrio que tiene su pescador móvil y el gran grito del afilador que junto con el señor "ajooo ajooo... ajooo buenooo y baratoooo allll ajoooo" le dan color a los sábados a la mañana.
En un edificio de la zona se escucharon gritos, corridas y sirenas. Se incendiaba el 5to piso y había que huir. Eran las 3 de la tarde y lo primero que hizo la vecina que vio el humo fue llamar a los bomberos. Dos dotaciones llegaron en menos del 10 minutos y casi todo el edificio se había autoevacuado. Quedaba una mujer que junto a su hijo quiso esperar a ver que pasaba y la señora del 2do piso que le costaba bajar las escaleras y se quedó esperando a algún bombero apuesto y salvador (siempre y cuando las llamas golpearan su puerta).
El acontecimiento derivó en un desate de nervios y gritos que llamó la atención de todo el barrio. Se escuchó a una vecina -que vivía en el 3er piso- gritarle, desde la escalera de emergencia, lo que estaba ocurriendo a otra colega de la torre de al lado. Otra mujer llamaba a su marido, desesperada porque su criatura de un año y medio había inhalado monóxido de carbono y tenía que llevarlo al hospital del quemado. Se vieron varios bomberos subiendo y bajando las escaleras pero sin ninguna manguera o extintor en sus manos. Hubo muchas de esas señoras y otros cholulos en la puerta del edificio, sorprendidos por lo ocurrido y también emocionados por tanto despliegue; un camión de bomberos cerró la calle, otro se parapetó frente al lugar del sinietro, un patrullero hacía de vehículo transmisor y consultor y ya cobraban fuerzas los preparativos para llamar a TN y Crónica. Y entre todo esto, el incendio.
En la vereda, viendo todo, una señora de pañuelo en la cabeza susurró a otra que el incendio comenzó porque alguien dejo una torta de peras en el horno y se la pasó, otra dijo que un calefón estalló. Otra versión aseguraba que la gente que no se autoevacuó fue porque había mucho humo en el ascensor. Y entre todo esto, seguía el incendio.
Por fin los bomberos dieron con el piso en cuestión y al entrar al departamento vieron que una pequeña llama de una estufa había encendido un pequeño nido de pajáros (que los pequeños cantores habían construido entre el hueco de la salida de los gases y la pared) y esto derivó en un humo negro debido a la cantidad de paja que tenía el artefacto -que de hecho estaba realmente sucio y lleno de mugre-.
Las versiones siguieron circulando, muchas historias entre señoras, pescadores, almaceneros y afiladores nutrieron ese día de fantasías, emoción, adrenalina y gestos de valentía y coraje. Todo fue enriquecido por la gran cantidad de personas, que asombradas, observaron como un pequeño humito generó un gran incendio.
En un edificio de la zona se escucharon gritos, corridas y sirenas. Se incendiaba el 5to piso y había que huir. Eran las 3 de la tarde y lo primero que hizo la vecina que vio el humo fue llamar a los bomberos. Dos dotaciones llegaron en menos del 10 minutos y casi todo el edificio se había autoevacuado. Quedaba una mujer que junto a su hijo quiso esperar a ver que pasaba y la señora del 2do piso que le costaba bajar las escaleras y se quedó esperando a algún bombero apuesto y salvador (siempre y cuando las llamas golpearan su puerta).
El acontecimiento derivó en un desate de nervios y gritos que llamó la atención de todo el barrio. Se escuchó a una vecina -que vivía en el 3er piso- gritarle, desde la escalera de emergencia, lo que estaba ocurriendo a otra colega de la torre de al lado. Otra mujer llamaba a su marido, desesperada porque su criatura de un año y medio había inhalado monóxido de carbono y tenía que llevarlo al hospital del quemado. Se vieron varios bomberos subiendo y bajando las escaleras pero sin ninguna manguera o extintor en sus manos. Hubo muchas de esas señoras y otros cholulos en la puerta del edificio, sorprendidos por lo ocurrido y también emocionados por tanto despliegue; un camión de bomberos cerró la calle, otro se parapetó frente al lugar del sinietro, un patrullero hacía de vehículo transmisor y consultor y ya cobraban fuerzas los preparativos para llamar a TN y Crónica. Y entre todo esto, el incendio.
En la vereda, viendo todo, una señora de pañuelo en la cabeza susurró a otra que el incendio comenzó porque alguien dejo una torta de peras en el horno y se la pasó, otra dijo que un calefón estalló. Otra versión aseguraba que la gente que no se autoevacuó fue porque había mucho humo en el ascensor. Y entre todo esto, seguía el incendio.
Por fin los bomberos dieron con el piso en cuestión y al entrar al departamento vieron que una pequeña llama de una estufa había encendido un pequeño nido de pajáros (que los pequeños cantores habían construido entre el hueco de la salida de los gases y la pared) y esto derivó en un humo negro debido a la cantidad de paja que tenía el artefacto -que de hecho estaba realmente sucio y lleno de mugre-.
Las versiones siguieron circulando, muchas historias entre señoras, pescadores, almaceneros y afiladores nutrieron ese día de fantasías, emoción, adrenalina y gestos de valentía y coraje. Todo fue enriquecido por la gran cantidad de personas, que asombradas, observaron como un pequeño humito generó un gran incendio.
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Cierta noche de compras
Una noche Edgar regresaba con su familia a su casa. Venían charlando de las compras que habían hecho, de la cantidad de gente que había y de si Marisa iba a cocinar los mariscos chilenos que compraron o el arroz italiano. Se notaba que luego de la larga y exausta compra de provisiones, la familia estaba hambrienta, por eso papá Edgar aceleraba su auto con el fin de llegar lo antes posible. De repente, a dos cuadras de su casa, Edgar tuvo que frenar el auto porque un carro de botellero, estacionado junto a un volquete, atravesaba la calzada e impedía el paso de la familia. Como no veía a nadie Edgar empezó a tocar de manera desesperada la bocina. Tocaba y tocaba y el carro no se movía. Mamá Marisa al ver que los ruidos no surtían efecto comenzó a insultar al pobre caballo -pensando que este equino entendería el apuro y el hambre que tenían y se corriera- que con la poca fuerza que le quedaba trataba de arrancar un pedazo de yuyo que caia desde el cordón. Su marido, mientras tanto, se bajó del auto maldiciendo y gritando aún más, cuando en ese preciso instante se asoma desde el volquete un nene de 12 años (no más), que masticando un pan seco les pide disculpas, se sube al carro y le quita al pobre caballo la posibilidad de arrancar el yuyo colgado del cordón.
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9.10.09
Unico y final
Princes_Clara eligió su mejor vestido, se perfumó para la ocasión y se fue a encontrar con Nicogato19. La cita era en un bar de palermo a las siete de la tarde. Allí estaba él, esperando por ella. Un saludo tímido precedió una gran velada. Entre risas, charlas y miradas (demasiadas) sugestivas, Clara besó a Nico. Ella estaba cayendo ante el raro encanto de aquel cybernauta, que a pesar de lo que decía su nik, no parecia tener la edad que reclamaba. A Clara mucho no le importo, bastante con lo lindo que era.
Ya después de tanto charla y besos Nico la invitó a pasar la noche en su casa, y Clara accedió gustosa. Su si fue rápido y fácil, quizá por lo tanto que le gustaba o porque cuando Clara fue al baño, Nico le tiró una pastilla a su bebida. Al llegar a la casa, se abrazaron, besaron y durmieron luego de tanto placer fogoso y apasionante. Al día siguiente todo era perfecto, él le llevó el desayuno a la cama, la invitó a comer y luego pasaron toda la tarde revolcados entre sábanas. De nuevo le pidió que se quedara, para pasar el día siguiente en su campo.
Princes_Clara dudó por unos segundos, el celular ya había sonado varias veces y todavía no había atendido. Se fue al baño, llamó a su madre y le dijo que no la esperara a cenar, tampoco a dormir.
Otro desayuno en la cama, otros abrazos dulces y partieron hacia nada. Porque Nico nunca le dijo donde quedaba su campo y ella no le intersó mucho saber . Se estaba enamorando.
Transcurrian dos horas de viaje cuando Nico le dijo que iba a parar en el próximo paraje ya que se sentía mal y quería ir al baño. A rato paró en un bar de mala muerte, ni siquiera parecía estar abierto, estaba derruído y a Clara le dio un poco de miedo bajar. El insisitió, ya que seguro necesitaría su ayuda. Clara bajó.
Al entrar escuchó un: "tomá, va otra, y de las buenas", la empujaron y la toquetearon. Nico recibió un sobre con dinero y se despidió de Clara dandole un beso en la frente y deseandole suerte. A ella se la llevaron. El teléfono siguió sonando, Clara nunca más contestó.
Ya después de tanto charla y besos Nico la invitó a pasar la noche en su casa, y Clara accedió gustosa. Su si fue rápido y fácil, quizá por lo tanto que le gustaba o porque cuando Clara fue al baño, Nico le tiró una pastilla a su bebida. Al llegar a la casa, se abrazaron, besaron y durmieron luego de tanto placer fogoso y apasionante. Al día siguiente todo era perfecto, él le llevó el desayuno a la cama, la invitó a comer y luego pasaron toda la tarde revolcados entre sábanas. De nuevo le pidió que se quedara, para pasar el día siguiente en su campo.
Princes_Clara dudó por unos segundos, el celular ya había sonado varias veces y todavía no había atendido. Se fue al baño, llamó a su madre y le dijo que no la esperara a cenar, tampoco a dormir.
Otro desayuno en la cama, otros abrazos dulces y partieron hacia nada. Porque Nico nunca le dijo donde quedaba su campo y ella no le intersó mucho saber . Se estaba enamorando.
Transcurrian dos horas de viaje cuando Nico le dijo que iba a parar en el próximo paraje ya que se sentía mal y quería ir al baño. A rato paró en un bar de mala muerte, ni siquiera parecía estar abierto, estaba derruído y a Clara le dio un poco de miedo bajar. El insisitió, ya que seguro necesitaría su ayuda. Clara bajó.
Al entrar escuchó un: "tomá, va otra, y de las buenas", la empujaron y la toquetearon. Nico recibió un sobre con dinero y se despidió de Clara dandole un beso en la frente y deseandole suerte. A ella se la llevaron. El teléfono siguió sonando, Clara nunca más contestó.
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8.10.09
Decisión
No era la primera vez que a Francisco le revoloteaba la idea por la cabeza. Sabía que iba a estar solo ya que su mujer, como todas las noches, estaba trabajando. Quería hacerlo de una buena vez y sacarse todo tipo de dudas. Había soportado varios años semejante martirio.
Francisco siempre fue de mantener cierta distancia entre sus obligaciones y la de su mujer. Nunca, en los 2 años que llevaba Carla trabajando, fue a buscarla o sorprenderla a la salida. El creía que era su espacio y que era mejor que haya algunas libertades. Era tarde, estaba aburrido y la idea le rebotaba cual pelota pulpa contra pared de calle sin parar. Sentía que le latía la cabeza, las palpitaciones aumentaban, estaba tenso... duro. Comío y ya no tenía más que irse a dormir. Intentó, aunque no pudo. Pensaba y pensaba sin parar. Se levantó y recostó sobre el sofá marrón café que le habían regalado para el casamiento. Más recuerdos y latídos tenía ahí. Y todo ese ir y venir en su cabeza se transformó en una tortura. Un latigazo mental que no podía aguantar.
Faltaban cuatro horas para que Carla regresa y Francisco sabía que tenía tiempo. El lugar quedaba cerca y como primer medida para arrancar fue hasta el cajón de su mesa de luz y se fijo si tenía lo que hacía falta. Caminó lentamente como queriendo que los ocho pasos que separar el living de la habitación consumieran los minutos hasta completar las cuatro horas. Daba un paso a la vez y respiraba hondo por la boca. Llegó al dormitorio, miró fijo el reloj y los sacó del cajón. Dos por las dudas. Observó de vuelta el reloj -ni dos minutos pasaron- y una gruesa gota de sudor mojó sus manos. Se puso un saco y salió.
Por precaución prefirió ir caminando, eran quince minutos a pie. Se le hicieron interminables, traspiraba y hablaba -ya no pensaba a esa altura- en voz baja de cómo lo iba a hacer, de las maneras, las formas, dónde, si sería rápido o no. Tenía miedo. Dio al fin con el lugar, una pequeña luz tenue indicaba la puerta de entrada. Entró despacio, asegurandose de que nadie lo viera. Ya era hora, antes de correr la cortina que daba al hall de entrada, vio que los afiches en la pared del cabaret anunciabas que la bailaba (y atendía) esa noche... era su mujer.
Francisco siempre fue de mantener cierta distancia entre sus obligaciones y la de su mujer. Nunca, en los 2 años que llevaba Carla trabajando, fue a buscarla o sorprenderla a la salida. El creía que era su espacio y que era mejor que haya algunas libertades. Era tarde, estaba aburrido y la idea le rebotaba cual pelota pulpa contra pared de calle sin parar. Sentía que le latía la cabeza, las palpitaciones aumentaban, estaba tenso... duro. Comío y ya no tenía más que irse a dormir. Intentó, aunque no pudo. Pensaba y pensaba sin parar. Se levantó y recostó sobre el sofá marrón café que le habían regalado para el casamiento. Más recuerdos y latídos tenía ahí. Y todo ese ir y venir en su cabeza se transformó en una tortura. Un latigazo mental que no podía aguantar.
Faltaban cuatro horas para que Carla regresa y Francisco sabía que tenía tiempo. El lugar quedaba cerca y como primer medida para arrancar fue hasta el cajón de su mesa de luz y se fijo si tenía lo que hacía falta. Caminó lentamente como queriendo que los ocho pasos que separar el living de la habitación consumieran los minutos hasta completar las cuatro horas. Daba un paso a la vez y respiraba hondo por la boca. Llegó al dormitorio, miró fijo el reloj y los sacó del cajón. Dos por las dudas. Observó de vuelta el reloj -ni dos minutos pasaron- y una gruesa gota de sudor mojó sus manos. Se puso un saco y salió.
Por precaución prefirió ir caminando, eran quince minutos a pie. Se le hicieron interminables, traspiraba y hablaba -ya no pensaba a esa altura- en voz baja de cómo lo iba a hacer, de las maneras, las formas, dónde, si sería rápido o no. Tenía miedo. Dio al fin con el lugar, una pequeña luz tenue indicaba la puerta de entrada. Entró despacio, asegurandose de que nadie lo viera. Ya era hora, antes de correr la cortina que daba al hall de entrada, vio que los afiches en la pared del cabaret anunciabas que la bailaba (y atendía) esa noche... era su mujer.
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La ciudad de los mancos
"Sr. Conductor: ¡Peligro!, ¡no baje nunca su ventanilla!", implora un anuncio rojo vivo escrito a mano, de manera muy precaria, que está al costado de la entrada a la ciudad. Aminoró su marcha por unos segundos, releyó el letrero y luego de esbozar una mueca algo graciosa, ingresó a su destino. Comenzó su paseo y, a pesar de no tener apuro -era sábado feriado-, circulaba por la ciudad de manera un tanto acelerada.
A los pocos minutos vió un chico con un brazo menos, lo miró como quien mira algo que no tiene importancia, pero sí le dio mayor atención, cuando a las pocas cuadras un grupo de tres personas -lisiadas- iba caminado por la avenida principal. Le resultó tragicómico y a la vez morboso esa escena que acaba de presenciar, se rió apenas y siguió con su veloz paseo. Al rato vió un canillita ofreciendo el matutino local que también era manco y el colmo se cumplió cuando al entrar a un restaurant a almorzar, dos mesas (una de dos y otra de cinco) estaba llena de mutilados del brazo. Comió con un nudo en la garganta y al salir la situación lo sobrepasó, al tener que darle una moneda al cuidacoches, que, también, era manco.
Ya todo era muy raro y decidió suspender su visita para averiguar porque esa urbe estaba estaba llena media mangas. Mientras pensaba cómo y dónde preguntar, notó que todos los que vió eran hombres y todos tenían cortados el brazo izquierdo a la altura del codo. El análisis era el siguiente: a los lesionados les sobresalía una puntita de lo que les quedaba de extremidad. Ese detalle denotaba que los cortes habían sido realizados desde arriba hacia abajo.
Tardó en definirse, sabía de la fama, intolerante e irrespetuosa, que poseían aquellos habitantes. Al final decidió ir a un bar a tomar algo y tratar de que, charla de por medio, el mozo le aclarara un poco el panorama. Al pedir la cuenta, pidió también la tan ansiada explicación. El camamero le contó que todos aquellos lisiados perdieron su preciado brazo, manejando y en su mayoría, a la noche. Dudó de esa explicación (a decir verdad, era bastante increíble) y luego de unos minutos se tranquilizó y quitó importancia al asunto. Retomó su placentera visita y ya casi terminando su recorrida, y antes de emprender su regreso, se dirigió a la avenida principal para apreciarla de noche y ver esa vía alumbrada por esos atractivos faroles de época negros.
El calor seguía insoportable y el aire acondicionado ya empezaba a dejar secuelas en su garganta. Bajó -por primera vez- la ventanilla, se relajó y mientras disminuia -también por primera vez- la marcha de su coche, dejó caer su brazo por la ventana. Estaba disfrutando, era como estar solo, en medio del desierto. El aire caliente se mezclaba con la brisa noctura y sacudían su cabello refrescando tanto a el como a su auto.
De repente sintió un zumbido atroz y veloz, como si una espada hubiese cortado un paño de seda. Lo abordó un inmenso dolor y había sangre por todos lados. Quiso limpiarse la cara, pero al querer hacerlo no pudo... se miró y se dio cuenta de que no tenía su brazo izquierdo. Se desvanecía de tanto dolor, intentó frenar el auto y al hacerlo escuchó desde otro vehículo un grito inaudito: "¡Hijo de puta!, si vas despacio, ¡andá por la derecha!".
A los pocos minutos vió un chico con un brazo menos, lo miró como quien mira algo que no tiene importancia, pero sí le dio mayor atención, cuando a las pocas cuadras un grupo de tres personas -lisiadas- iba caminado por la avenida principal. Le resultó tragicómico y a la vez morboso esa escena que acaba de presenciar, se rió apenas y siguió con su veloz paseo. Al rato vió un canillita ofreciendo el matutino local que también era manco y el colmo se cumplió cuando al entrar a un restaurant a almorzar, dos mesas (una de dos y otra de cinco) estaba llena de mutilados del brazo. Comió con un nudo en la garganta y al salir la situación lo sobrepasó, al tener que darle una moneda al cuidacoches, que, también, era manco.
Ya todo era muy raro y decidió suspender su visita para averiguar porque esa urbe estaba estaba llena media mangas. Mientras pensaba cómo y dónde preguntar, notó que todos los que vió eran hombres y todos tenían cortados el brazo izquierdo a la altura del codo. El análisis era el siguiente: a los lesionados les sobresalía una puntita de lo que les quedaba de extremidad. Ese detalle denotaba que los cortes habían sido realizados desde arriba hacia abajo.
Tardó en definirse, sabía de la fama, intolerante e irrespetuosa, que poseían aquellos habitantes. Al final decidió ir a un bar a tomar algo y tratar de que, charla de por medio, el mozo le aclarara un poco el panorama. Al pedir la cuenta, pidió también la tan ansiada explicación. El camamero le contó que todos aquellos lisiados perdieron su preciado brazo, manejando y en su mayoría, a la noche. Dudó de esa explicación (a decir verdad, era bastante increíble) y luego de unos minutos se tranquilizó y quitó importancia al asunto. Retomó su placentera visita y ya casi terminando su recorrida, y antes de emprender su regreso, se dirigió a la avenida principal para apreciarla de noche y ver esa vía alumbrada por esos atractivos faroles de época negros.
El calor seguía insoportable y el aire acondicionado ya empezaba a dejar secuelas en su garganta. Bajó -por primera vez- la ventanilla, se relajó y mientras disminuia -también por primera vez- la marcha de su coche, dejó caer su brazo por la ventana. Estaba disfrutando, era como estar solo, en medio del desierto. El aire caliente se mezclaba con la brisa noctura y sacudían su cabello refrescando tanto a el como a su auto.
De repente sintió un zumbido atroz y veloz, como si una espada hubiese cortado un paño de seda. Lo abordó un inmenso dolor y había sangre por todos lados. Quiso limpiarse la cara, pero al querer hacerlo no pudo... se miró y se dio cuenta de que no tenía su brazo izquierdo. Se desvanecía de tanto dolor, intentó frenar el auto y al hacerlo escuchó desde otro vehículo un grito inaudito: "¡Hijo de puta!, si vas despacio, ¡andá por la derecha!".
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5.10.09
La llamada
Esperaba su llamada como todos los días, a la misma hora y sentado en el mismo lugar. Había pasado la tormenta y ya más calmo, quería hablar con ella. Soñé toda la noche con su perfume. Viajábamos rumbo a ninguna parte. Su perfume inundaba todo mi alrededor, sus ojos, oscuros como la tierra recién mojada por el rocío de la mañana, se hundian en mi ser. Acariciaba su piel, suave y con un leve rubor, que la hacía infinita, eterna e intocable al mismo tiempo. Viajábamos y no importaba a que lugar. Una lágrima cayó sobre mi pierna y esbozó una sonrisa que me hizo temblar. Me dijo que se quedaría para siempre. Acerqué mi boca para besarla y de repente se esfumó, se escapó del sueño... sonó el teléfono. Aún calmo, respondí y al escuchar su voz, me di cuenta de que todo había sido un sueño.
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1.7.09
Mi ser

Aunque faltan dos meses para tu llegada, en mi cabeza y en mi corazón estás presente. Ya naciste.
Dentro de tu madre estás esperando y haciéndonos esperar... y en esa espera, ansiamos, imaginamos, pensamos y te soñamos. De vez en cuando apoyo mi mano sobre la panza de tu mamá... te moves con tanta fuerza que parece como si quisieras salir a ver como es el mundo, para luego volver a esconderte dentro de ese caparazón donde nada de este mundo parece llegarte y donde ella te cuida y protege. Quisiera asegurarte ahí dentro estarás mejor que nunca (y que acá), pero quiero que vengas y te quedes para que podamos contarte que tanto ella como yo vamos a cuidarte como a nunca otra cosa de este mundo.
Estamos viviendo en un mundo inseguro, malo, con muchas penas y pocas esperanzas. Hoy todo es incertidumbre y para nosotros, tan jóvenes, saber que tenemos que criar a un hijo nos llena de miedos y preguntas. No tenemos ninguna respuesta para todo lo que va a pasar a partir de tu nacimiento, y tenemos demasiadas preguntas para hacernos desde ese momento. Más allá de eso, hay algo que nos alivia, nos regocija y reconforta; dentro de todo ese formulario lleno de sentimientos, hay uno que salió desde la nada y que es el bastión fundamental para entender este momento: Amor.
Nunca podré (quizás sí, más adelante) saber porque algo que nunca vi y apenas escuché me puede generar tanto amor, tantas ganas de abrazar, y cuidar, y querer, y compartir. Cuando me enteré que iba a ser papá, me sentí muy contento porque era algo que estaba esperando, después de la alegría inicial empezaron a sucederse un sinfín de sensaciones y sentimientos hasta llegar a este. Este es un sentimiento fuerte, latente, inquieto, eterno y feliz. Sentir que te amo con locura. Sentir que quiero verte, abrazarte, darte calor y cuidarte todo el tiempo. Sentir que sos mi sangre, mi vida en otro cuerpo.
Una linda noche de invierno, acostados sobre la cama, ella y yo, charlando de la vida, de cómo llevar una familia adelante y cómo cuidarte, criarte y un sinfín de "te" más, sugerí a tu mamá que, cuando tengas mes y medio, dos, ella salga a armar su proyecto. No solo fue impertinente lo expuesto, sino también, explosivo y rotundo el llanto que siguió a mi comentario. Dejarte sólo, tan chiquito y sin tu teta era el abandono total, el descuido de lo que ella más ama y sobretodo, ser una mala madre. Esa reacción, tan genuina y espontánea, me describió lo que es amar a un hijo. Lo que es, en vísperas de nuestro encuentro, saber que vas a dar la vida por tu hijo y saber que un segundo lejos de vos es suficiente como hacerte el peor daño imaginado. Seguramente no sea así siempre, crecerás y tendrás tu propio vuelo. Ahí dependerás de vos mismo y nosotros disfrutaremos verte planear y armar tu vuelo. Tu mundo.
Tu mamá no se va a ir a tu mes y medio, tampoco a los dos, nunca lo hará. Como tampoco lo haré. Porque ver a mi mujer, mi amor... ¡tu madre!, expresarse y entristecerse de esa gran manera y sentir dentro mio una explosión de contención, de abrazar y unirme es ese sentimiento, me reafirma de que lo que está por venir es nuestro nuevo horizonte. Nuestro cenit. Mi cenit.
Serás la razón de mi vida, en mi corazón ya se siente esas corridas fugases, veloces y pequeñas que hace la sangre cuando algo nuevo nos llena de alegría y emoción. Veo como todo mi cuerpo se alborota y prepara, ultima detalles (como cuando uno recibe una visita esperada) para tu llegada. Todo es intenso y fuerte, no hay dolores y mis manos son de corazón cuando abrazo tu escondido cuerpo.
Seremos una isla en medio del océano, tan sola y tan lejos de todo como tan paradisíaca y bella a la vez. Hoy somos tres, mañana más. Siempre formando un ser, uniéndonos y protegiéndonos.
Con vos, Dante, nace una nueva ilusión, un nuevo sentir y vivir en nuestras vidas. Dios, nosotros y nuestras (tus) familias estamos haciendo de esto un aventura hermosa, llena de sorpresas e inolvidables momentos. Estamos preparando la masa, para que cuando nazcas, completes el relleno y, juntos, disfrutemos de este plato exquisito. ¡Salud!
Dentro de tu madre estás esperando y haciéndonos esperar... y en esa espera, ansiamos, imaginamos, pensamos y te soñamos. De vez en cuando apoyo mi mano sobre la panza de tu mamá... te moves con tanta fuerza que parece como si quisieras salir a ver como es el mundo, para luego volver a esconderte dentro de ese caparazón donde nada de este mundo parece llegarte y donde ella te cuida y protege. Quisiera asegurarte ahí dentro estarás mejor que nunca (y que acá), pero quiero que vengas y te quedes para que podamos contarte que tanto ella como yo vamos a cuidarte como a nunca otra cosa de este mundo.
Estamos viviendo en un mundo inseguro, malo, con muchas penas y pocas esperanzas. Hoy todo es incertidumbre y para nosotros, tan jóvenes, saber que tenemos que criar a un hijo nos llena de miedos y preguntas. No tenemos ninguna respuesta para todo lo que va a pasar a partir de tu nacimiento, y tenemos demasiadas preguntas para hacernos desde ese momento. Más allá de eso, hay algo que nos alivia, nos regocija y reconforta; dentro de todo ese formulario lleno de sentimientos, hay uno que salió desde la nada y que es el bastión fundamental para entender este momento: Amor.
Nunca podré (quizás sí, más adelante) saber porque algo que nunca vi y apenas escuché me puede generar tanto amor, tantas ganas de abrazar, y cuidar, y querer, y compartir. Cuando me enteré que iba a ser papá, me sentí muy contento porque era algo que estaba esperando, después de la alegría inicial empezaron a sucederse un sinfín de sensaciones y sentimientos hasta llegar a este. Este es un sentimiento fuerte, latente, inquieto, eterno y feliz. Sentir que te amo con locura. Sentir que quiero verte, abrazarte, darte calor y cuidarte todo el tiempo. Sentir que sos mi sangre, mi vida en otro cuerpo.
Una linda noche de invierno, acostados sobre la cama, ella y yo, charlando de la vida, de cómo llevar una familia adelante y cómo cuidarte, criarte y un sinfín de "te" más, sugerí a tu mamá que, cuando tengas mes y medio, dos, ella salga a armar su proyecto. No solo fue impertinente lo expuesto, sino también, explosivo y rotundo el llanto que siguió a mi comentario. Dejarte sólo, tan chiquito y sin tu teta era el abandono total, el descuido de lo que ella más ama y sobretodo, ser una mala madre. Esa reacción, tan genuina y espontánea, me describió lo que es amar a un hijo. Lo que es, en vísperas de nuestro encuentro, saber que vas a dar la vida por tu hijo y saber que un segundo lejos de vos es suficiente como hacerte el peor daño imaginado. Seguramente no sea así siempre, crecerás y tendrás tu propio vuelo. Ahí dependerás de vos mismo y nosotros disfrutaremos verte planear y armar tu vuelo. Tu mundo.
Tu mamá no se va a ir a tu mes y medio, tampoco a los dos, nunca lo hará. Como tampoco lo haré. Porque ver a mi mujer, mi amor... ¡tu madre!, expresarse y entristecerse de esa gran manera y sentir dentro mio una explosión de contención, de abrazar y unirme es ese sentimiento, me reafirma de que lo que está por venir es nuestro nuevo horizonte. Nuestro cenit. Mi cenit.
Serás la razón de mi vida, en mi corazón ya se siente esas corridas fugases, veloces y pequeñas que hace la sangre cuando algo nuevo nos llena de alegría y emoción. Veo como todo mi cuerpo se alborota y prepara, ultima detalles (como cuando uno recibe una visita esperada) para tu llegada. Todo es intenso y fuerte, no hay dolores y mis manos son de corazón cuando abrazo tu escondido cuerpo.
Seremos una isla en medio del océano, tan sola y tan lejos de todo como tan paradisíaca y bella a la vez. Hoy somos tres, mañana más. Siempre formando un ser, uniéndonos y protegiéndonos.
Con vos, Dante, nace una nueva ilusión, un nuevo sentir y vivir en nuestras vidas. Dios, nosotros y nuestras (tus) familias estamos haciendo de esto un aventura hermosa, llena de sorpresas e inolvidables momentos. Estamos preparando la masa, para que cuando nazcas, completes el relleno y, juntos, disfrutemos de este plato exquisito. ¡Salud!
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14.3.09
Manejo yo (parte I)

Quisiera comentar acerca de como es manejar por la ciudad de Buenos Aires.
Hay que partir desde la base de que, al menos, el 80% de los conductores (o intento de ello) que pululan por las calles no saben manejar, léase; no saben las señales de tránsito en su totalidad; no respetan las normas y peatones; no tienen consideración de los riesgos y peligros que hay en los excesos y, sobre todo, tienen como característica una enorme falta de respeto por el prójimo.
Al no haber una firme y obligatoria ley, norma, exigencia, requisito o lo que sea que sea necesario cumplir para poder sacar el registro, hoy, quien tiene un auto puede manejar solo sabiendo como son los cambios y para que lado se dobla. Por experiencia propia (mi trabajo es manejar), veo miles de barbaridades en la calle. ¡Se ven cosas terribles y hasta increíbles!.
Luego de la crisis del 2001, la economía argentina fue creciendo, una muestra de ello, es como creció el parque automotor. Según la DNRPA en 2001 había entre Capital Federal y Bs. As. 5.700 millones de autos (contando todos los vehículos menos las motos). En 2008 el número fue de 7.000 millones, un 22% más en apenas 8 años. Para entender aun más este fenómeno, en 1997, había en todo el país 8.900 millones. Saquen sus cuentas. Ahora bien, no sólo creció el parque sino que también, obvio, crecieron la cantidad de conductores. Y la ecuación da, a mayor cantidad de autos, doblemente mayor la cantidad de boludos.
Solo que estos nuevos conductores, es su mayoría son jóvenes y apenas saben lo que quiere decir manejar. Hoy un pibe de 18 años recién cumplidos va a hasta cualquier municipalidad del GBA y con una pequeña cometa obtiene su carnet. Le hacen un examen visual, le preguntan si trajo el auto y listo. Así de simple, así de rápido y así inconciente.
A la gran cantidad de autos y conductores se le suma la no "actualización" de las vías de tránsito. No hay nuevas autopistas, no hay avenidas anchas y en buen estado, hay un 0 crecimiento del tránsporte público y un 0 aporte a la conciencia por la vida, en este caso, automovilistica. Pero abordar toda esta cuestión sería muy tedioso y largo. Volvamos, entonces, a lo que nos compete.
Hay más de todo, pero ¿hay calidad o sólo cantidad?. Claramente, cantidad. Con solo manejar un día por Capital y GBA uno puede armar un gran álbum de recuerdos de cómo se maneja en Argentina. Se pueden ver conductores esquivando una mansadora cola en la autopista por la banquina, autos (demasiados) pasando el semáforo en rojo, sin importar que hora sea y si hay gente que quiere cruzar la calle. Se puede conseguir una figurita díficil, pero de las buenas, en donde se puede ver como un auto en contramano -o también subido a una plazoleta- evita una cola de autos. Camiones y fletes por la mano izquierda, yendo a 20 km/h u ocupando los tres carriles de una avenida. Esta la figurita de todos los autos que estacionan en doble fila para ir a un colegio y/o cualquier lugar; no falta una en la que esta quien en medio de una calle visualiza a un amigo y para el auto en el medio para charlar. Tenemos una en la cual si uno circula por su mano en una calle y se encuentra con un par que está en contramano y quiere doblar, este lo insulta porque Ud. transita tranquilo y el hombre tiene que esperar.
Mención aparte para aquellos vehículos que circulan sin luces de noche, los que van con balizas puestas durante un lluvia y para la gran cantidad, por no decir casi todos, de los que doblan en todas las esquinas sin guiño. Sobre colectivos, taxis, motos y camiones, hay un monton más y de las peores. Como también sobre aquellos civiles que manejan solo por placer o para ir a trabajar.
El tema esta en el placer, que porque sea un deleite, encanto o goce no exime de que conlleve una gran responsabilidad... Como casi todo placer, es tal si se lo toma en dosis prudentes, responsables y necesarias. A mi me gusta el helado y me da placer, ahora bien, si me como un kilo por día (me encantaría) probablemente termine con algún problema intestinal o estomacal.
Lo mismo pasa con el manejo. A quienes les da placer manejar un domingo por las calles de la ciudad, no les interesa si van a 10 por una avenida por el medio -con la particularidad de que llevan bebés o nenes muy chicos- o muy tranquilos en una calle donde claramente hay un lugar a la derecha. A quienes les da placer ir a su trabajo en cuatro ruedas, no les interesa si el de adelante frena en un sémaforo cuando éste está apurado y llega tarde, terminando insultando o aplicando repetidos bocinazaos.
El placer de conducir es el placer de sentir un auto deslizarle por el asfalto y no sentir una batucada dentro del coche gracias a los pozos y lomos de burro. El placer esta en recorrer un camino, solo o en familia, sabiendo que todos aquellos que manejan en el mismo camino son iguales o más responsables, posibilitando así, relajarse y disfrutar.
Hay que partir desde la base de que, al menos, el 80% de los conductores (o intento de ello) que pululan por las calles no saben manejar, léase; no saben las señales de tránsito en su totalidad; no respetan las normas y peatones; no tienen consideración de los riesgos y peligros que hay en los excesos y, sobre todo, tienen como característica una enorme falta de respeto por el prójimo.
Al no haber una firme y obligatoria ley, norma, exigencia, requisito o lo que sea que sea necesario cumplir para poder sacar el registro, hoy, quien tiene un auto puede manejar solo sabiendo como son los cambios y para que lado se dobla. Por experiencia propia (mi trabajo es manejar), veo miles de barbaridades en la calle. ¡Se ven cosas terribles y hasta increíbles!.
Luego de la crisis del 2001, la economía argentina fue creciendo, una muestra de ello, es como creció el parque automotor. Según la DNRPA en 2001 había entre Capital Federal y Bs. As. 5.700 millones de autos (contando todos los vehículos menos las motos). En 2008 el número fue de 7.000 millones, un 22% más en apenas 8 años. Para entender aun más este fenómeno, en 1997, había en todo el país 8.900 millones. Saquen sus cuentas. Ahora bien, no sólo creció el parque sino que también, obvio, crecieron la cantidad de conductores. Y la ecuación da, a mayor cantidad de autos, doblemente mayor la cantidad de boludos.
Solo que estos nuevos conductores, es su mayoría son jóvenes y apenas saben lo que quiere decir manejar. Hoy un pibe de 18 años recién cumplidos va a hasta cualquier municipalidad del GBA y con una pequeña cometa obtiene su carnet. Le hacen un examen visual, le preguntan si trajo el auto y listo. Así de simple, así de rápido y así inconciente.
A la gran cantidad de autos y conductores se le suma la no "actualización" de las vías de tránsito. No hay nuevas autopistas, no hay avenidas anchas y en buen estado, hay un 0 crecimiento del tránsporte público y un 0 aporte a la conciencia por la vida, en este caso, automovilistica. Pero abordar toda esta cuestión sería muy tedioso y largo. Volvamos, entonces, a lo que nos compete.
Hay más de todo, pero ¿hay calidad o sólo cantidad?. Claramente, cantidad. Con solo manejar un día por Capital y GBA uno puede armar un gran álbum de recuerdos de cómo se maneja en Argentina. Se pueden ver conductores esquivando una mansadora cola en la autopista por la banquina, autos (demasiados) pasando el semáforo en rojo, sin importar que hora sea y si hay gente que quiere cruzar la calle. Se puede conseguir una figurita díficil, pero de las buenas, en donde se puede ver como un auto en contramano -o también subido a una plazoleta- evita una cola de autos. Camiones y fletes por la mano izquierda, yendo a 20 km/h u ocupando los tres carriles de una avenida. Esta la figurita de todos los autos que estacionan en doble fila para ir a un colegio y/o cualquier lugar; no falta una en la que esta quien en medio de una calle visualiza a un amigo y para el auto en el medio para charlar. Tenemos una en la cual si uno circula por su mano en una calle y se encuentra con un par que está en contramano y quiere doblar, este lo insulta porque Ud. transita tranquilo y el hombre tiene que esperar.
Mención aparte para aquellos vehículos que circulan sin luces de noche, los que van con balizas puestas durante un lluvia y para la gran cantidad, por no decir casi todos, de los que doblan en todas las esquinas sin guiño. Sobre colectivos, taxis, motos y camiones, hay un monton más y de las peores. Como también sobre aquellos civiles que manejan solo por placer o para ir a trabajar.
El tema esta en el placer, que porque sea un deleite, encanto o goce no exime de que conlleve una gran responsabilidad... Como casi todo placer, es tal si se lo toma en dosis prudentes, responsables y necesarias. A mi me gusta el helado y me da placer, ahora bien, si me como un kilo por día (me encantaría) probablemente termine con algún problema intestinal o estomacal.
Lo mismo pasa con el manejo. A quienes les da placer manejar un domingo por las calles de la ciudad, no les interesa si van a 10 por una avenida por el medio -con la particularidad de que llevan bebés o nenes muy chicos- o muy tranquilos en una calle donde claramente hay un lugar a la derecha. A quienes les da placer ir a su trabajo en cuatro ruedas, no les interesa si el de adelante frena en un sémaforo cuando éste está apurado y llega tarde, terminando insultando o aplicando repetidos bocinazaos.
El placer de conducir es el placer de sentir un auto deslizarle por el asfalto y no sentir una batucada dentro del coche gracias a los pozos y lomos de burro. El placer esta en recorrer un camino, solo o en familia, sabiendo que todos aquellos que manejan en el mismo camino son iguales o más responsables, posibilitando así, relajarse y disfrutar.
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2.3.09
¡Peligro! Mesa de dulces

Sobre dos mesas largas, una corta. En un caballete camuflado con manteles; sobre carritos o barras, de la manera que sea una mesa de dulces en un casamiento/cumpleaños de 15 no dura más de 20 minutos.
La gente de amontona, corre y se desespera por agarrar un panqueque, un cono de dulce de leche, un flan, porción de torta o hasta una mínima masita. En una festividad de esa magnitud, los invitados muestran más esmero para levantarse de su silla y correr a los dulces que para bailar con el (los) agasajado(s). Si hay que bailar o participar en algún (insoportable) show de salsa, las sillas abrazan a los participes hasta que después de varios reclamos algunos ceden y cooperan con la causa. Todo lo contrario si se visualiza en el horizonte del salón alguna fondue de chocolate o un copón de frutillas con crema. Para quien organiza el evento es un momento único, para los que son invitados es un momento pesado e insoportable, en donde solo quieren que la fiesta pase rápido, que la comida sea rica y que llegue la autorización para comenzar la posta de golosinas.
En ese raid dulcero vale codazo, empujón, mano por encima de alguna cabeza, apoyadas y hasta un "¡permiso señora!, no llego". La gente se pierde y se pierden en una mesa. Todo dura minutos, escasos, si se los compara con la duración total del evento. Al final, las personas terminan rechonchos, felices y contentos; sobre todo porque la devastación de los dulces son el indicativo de que ya falta poco para irse y que sus barrigas ya tienen el azúcar necesario para subsistir. Ya bailaron o hicieron la gamba para eso; comieron, tomaron. Ya no queda nada sobre las bandejas dulceras y los manteles solo cuentan con algunas migas y manchas de dulce de leche, crema y dedos.
La mesa de dulce... ese paraíso donde 120 personas se reunen pacificamente, para celebrar un casamiento ante la atenta mirada del novio y la novia.
La gente de amontona, corre y se desespera por agarrar un panqueque, un cono de dulce de leche, un flan, porción de torta o hasta una mínima masita. En una festividad de esa magnitud, los invitados muestran más esmero para levantarse de su silla y correr a los dulces que para bailar con el (los) agasajado(s). Si hay que bailar o participar en algún (insoportable) show de salsa, las sillas abrazan a los participes hasta que después de varios reclamos algunos ceden y cooperan con la causa. Todo lo contrario si se visualiza en el horizonte del salón alguna fondue de chocolate o un copón de frutillas con crema. Para quien organiza el evento es un momento único, para los que son invitados es un momento pesado e insoportable, en donde solo quieren que la fiesta pase rápido, que la comida sea rica y que llegue la autorización para comenzar la posta de golosinas.
En ese raid dulcero vale codazo, empujón, mano por encima de alguna cabeza, apoyadas y hasta un "¡permiso señora!, no llego". La gente se pierde y se pierden en una mesa. Todo dura minutos, escasos, si se los compara con la duración total del evento. Al final, las personas terminan rechonchos, felices y contentos; sobre todo porque la devastación de los dulces son el indicativo de que ya falta poco para irse y que sus barrigas ya tienen el azúcar necesario para subsistir. Ya bailaron o hicieron la gamba para eso; comieron, tomaron. Ya no queda nada sobre las bandejas dulceras y los manteles solo cuentan con algunas migas y manchas de dulce de leche, crema y dedos.
La mesa de dulce... ese paraíso donde 120 personas se reunen pacificamente, para celebrar un casamiento ante la atenta mirada del novio y la novia.
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12.12.08
Mitre
Mi historia es apasionante, llena de aventuras. Soy único en el mundo, nadie me iguala. Nací en Brasil aunque el destino quiso que mi hogar sea Buenos Aires. Soy joven, tengo apenas 16 años, que no es poco si realmente conocieran mi historia. Historia que no les voy a contar porque no quiero, yo soy así. O capaz les cuento algo. Yo que sé.
Siempre me moví en la calle, pero las historia más increibles, fueron puertas adentro. Mi primera aventura, o al menos la que mas data tiene en mis recuerdos, es cuando con Javier, un flaco que frecuentaba en mis años mozos, robamos un taxi. Subimos al auto indicando nuestro destino, el viaje fue rápido, no había tráfico t aparte, el chofer, parecía, andaba apurado. Apenas el taxi estacionó, Javier preguntó cuanto era y ahí salí yo junto a una 38 recortada.
Durante esa época me la pasé robando, a veces laburando en algún kiosko, otras me quedaba en alguna casa, en ocaciones viajaba pero siempre regresaba y terminaba como al principio; delinquiendo.
Pocos años después tuve mi gran cimbronazo. No me acuerdo como pero el 18 de diciembre de 2001 caí en la Casa Rosada. Un mozo de un bar me llevó hasta el despacho de un secretario y de ahí al despacho del presidente. Ahí me quedé, ¡para qué? Lindo día para conocer a un mandatario. La verdad que estuve poco tiempo, el presi tenía ganas de ver la ciudad desde los aires y se subió a un helicoptero para no volver jamás. Antes, me dejó con un junto al fotógrafo de la Casa, Victor.
Ya empezaba a darme cuenta del ambiente que frecuentaba (y me gustaba). Traté de ir escondiendome cada vez que había alguna salida (vuelto) grande. La Rosada es grande y se conoce gente linda. Estuve por un par de meses hasta que me mandaron con un auto privado hasta la casa de Patricia Sosa (?). Me dio bronca irme de ese paraíso, aunque el enojo duró poco. Ese auto me llevó a una ¡gran! fiesta. Mujeres (famosas y no tanto), celebridades de todo tipo, cantantes, compositores y sobre todo... políticos (candidatos naturales para mi retorno a la Casa). En ese festejo estuve con una señora, no me dijo su nombre pero me ordenó que la llamara La Señora (las casualidades hicieron, como serán las cosas, que esta mujer luego sea Presidenta de Argentina), no charlé demasiado debido a que no era una mujer de muchas palabras, lo más interesante fue con la gente que me cruzé mientras charlabamos. Cuando terminó la velada, no pude engancharme con ningún dirigente y mi proyecto de regreso a la Plaza de Mayo quedó frustado. Al menos, me quedé en lo de Sosa.
Estar en esa casa también me trajo aventuras, a los pocos días fuia a para a un bar que, casualmente, era frecuentado por mucha gente con libretos y anteojos negros. Asi que ese lapso de mi vida fue mucho sexo, droga y bossa nova (diferencias del siglo 21).
De repente todo cambió, hace dos meses que vivo en desgracia. Me echaron de lo de Sosa, de los bares, de las fiestas y también de la Rosada. Vivo en una villa miseria buscando cartones, abriendo bolsas y viajando en camiones del año 20 y abarrotados de gente. Apenas tengo para vivir y ya no sirvo ni siquiera para una comida. Estoy destrozado. Siempre entendí que mi vida no era fácil, pero nunca, nunca comprenderé, porque ahora es tan difícil poder sobrevivir siendo yo, un billete de dos pesos.
Siempre me moví en la calle, pero las historia más increibles, fueron puertas adentro. Mi primera aventura, o al menos la que mas data tiene en mis recuerdos, es cuando con Javier, un flaco que frecuentaba en mis años mozos, robamos un taxi. Subimos al auto indicando nuestro destino, el viaje fue rápido, no había tráfico t aparte, el chofer, parecía, andaba apurado. Apenas el taxi estacionó, Javier preguntó cuanto era y ahí salí yo junto a una 38 recortada.
Durante esa época me la pasé robando, a veces laburando en algún kiosko, otras me quedaba en alguna casa, en ocaciones viajaba pero siempre regresaba y terminaba como al principio; delinquiendo.
Pocos años después tuve mi gran cimbronazo. No me acuerdo como pero el 18 de diciembre de 2001 caí en la Casa Rosada. Un mozo de un bar me llevó hasta el despacho de un secretario y de ahí al despacho del presidente. Ahí me quedé, ¡para qué? Lindo día para conocer a un mandatario. La verdad que estuve poco tiempo, el presi tenía ganas de ver la ciudad desde los aires y se subió a un helicoptero para no volver jamás. Antes, me dejó con un junto al fotógrafo de la Casa, Victor.
Ya empezaba a darme cuenta del ambiente que frecuentaba (y me gustaba). Traté de ir escondiendome cada vez que había alguna salida (vuelto) grande. La Rosada es grande y se conoce gente linda. Estuve por un par de meses hasta que me mandaron con un auto privado hasta la casa de Patricia Sosa (?). Me dio bronca irme de ese paraíso, aunque el enojo duró poco. Ese auto me llevó a una ¡gran! fiesta. Mujeres (famosas y no tanto), celebridades de todo tipo, cantantes, compositores y sobre todo... políticos (candidatos naturales para mi retorno a la Casa). En ese festejo estuve con una señora, no me dijo su nombre pero me ordenó que la llamara La Señora (las casualidades hicieron, como serán las cosas, que esta mujer luego sea Presidenta de Argentina), no charlé demasiado debido a que no era una mujer de muchas palabras, lo más interesante fue con la gente que me cruzé mientras charlabamos. Cuando terminó la velada, no pude engancharme con ningún dirigente y mi proyecto de regreso a la Plaza de Mayo quedó frustado. Al menos, me quedé en lo de Sosa.
Estar en esa casa también me trajo aventuras, a los pocos días fuia a para a un bar que, casualmente, era frecuentado por mucha gente con libretos y anteojos negros. Asi que ese lapso de mi vida fue mucho sexo, droga y bossa nova (diferencias del siglo 21).
De repente todo cambió, hace dos meses que vivo en desgracia. Me echaron de lo de Sosa, de los bares, de las fiestas y también de la Rosada. Vivo en una villa miseria buscando cartones, abriendo bolsas y viajando en camiones del año 20 y abarrotados de gente. Apenas tengo para vivir y ya no sirvo ni siquiera para una comida. Estoy destrozado. Siempre entendí que mi vida no era fácil, pero nunca, nunca comprenderé, porque ahora es tan difícil poder sobrevivir siendo yo, un billete de dos pesos.
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11.12.08
La reunión

A Estela le diagnosticaron cancer de cólon seis meses antes de Nochebuena. Para esa fecha de diciembre tenía tres tumores localizados y varios más desparramos por el cuerpo. Tuvo la dicha (¿se podrá llamar así?) de que su cabeza siempre estuvo lúcida, entendió en todo momento lo que le estaba pasando, tanto a ella como a sus familiares. Acaso eso fue el detonante.
Siempre le tuvo miedo a la muerte y después de que sus padres fallecieran, de cancer también, se empecinó por mantener unida a la familia. Soportar sola las enfermedades de sus progenitores, la había marcado y dolido. Se juró mantener unida a la familia, sin importar que problema haya.
Le detectaron la infección tarde y para ese entonces el tumor no era operable, ni siquiera la quimio más potente podía ayudarla. El efecto expansivo de esa noticia la descompuso, la alteró de tal manera que la dejó diez días internada por una infección pulmonar. Ya sus sesenta años no eran los justos para que la mantengan de pie ante cualquier dificultad.
Estela disfrutaba siempre de las reuniones familiares y de las visitas que le hacía a sus amigos. Cada semana, un asado, un cumpleaños o simplemente una reunión ocasional le completaba la agenda y esa actividad social la hacía feliz. El último domingo de junio, tal vez el más otoñal del año, una ronda de mate con su marido la llenaba de placer, extrañamente no hubo visita inesperada ni asado programado, y para mantener la línea decidió quedarse a solas con su marido todo el día y salir a caminar por la plaza de la ciudad. Los árboles habían llenado de hojas secas y crocantes el parque y el sol se cubrió de nubes para atenuar sus potentes rayos y así dejar que un abrigo y los abrazos de su marido le den el calor necesario para que no tenga frío.
Buscaron un banco sin sombra y se sentaron a charlar. Fue una salida tan fuera de lo común que parecían dos extraños. La noche llegó y con ella el tiempo de volver a casa, Estela se sentía cansada y un raro cosquilleo le corrió por la espalda. Ya era tarde, la charla duró su buen tiempo y Estela preparó la comida rápido. Ni bien se sentó a cenar otro cosquilleo (más fuerte que el anterior) la volvió a recorrer, esta vez, por todo su cuerpo. Estela se desmayó.
Se despertó en el hospital, escuchó la gravedad de su enfermedad. Se volvió a descomponer. Tuvo un paro que la dejó quince días en terapia.
Los meses pasaron, la recuperación tardaba en llegar y Estela se desesperaba por dentro cada vez más. Faltaban pocos días para Navidad y quería definirse, no aceptaba la idea de pasar las fiestas en cama y menos aún ver todos los días a sus familiares saludandola como si estuvieran en un velatorio. Llamó a su marido y le pidió que para esa noche citara a sus hijos, hermanos y amigos intimos.
Antes de la última campana de la iglesia toda la gente estaba reunida. Caras de incertidumbre, mucho miedo y sobre todo sorpresa pintaban la habitación de un color amargo. Estela ordenó que la sentaran en la cama (no tenía ni siquiera fuerzas para quedarse en un sillón), miró, examinó cada rostro. Imágenes y recuerdos de cada presente la abordaban como una ola gigante. Siguió examinando y por último llegó a su marido. Con ojos vidriosos y tomandole la mano, fijó su vista en él y dijo: "No quiero vivir más asi, es tarde, estoy triste y llena de recuerdos. Basta de esto, es mucho dolor, por todos lados. Los amo a todos. Mañana no me quiero despertar".
Un viento fuerte soplaba el día 21 a la mañana, todas las hojas crocantes chocaban contra la casa. Parecía que los árboles la querían saludar. Un fila de trajes negros llevaban un féretro. Más hojas caían y el sol se dejó tapar por una enorme nube. Era 21 a la mañana y Estela recordó aquella tarde de otoño.
Siempre le tuvo miedo a la muerte y después de que sus padres fallecieran, de cancer también, se empecinó por mantener unida a la familia. Soportar sola las enfermedades de sus progenitores, la había marcado y dolido. Se juró mantener unida a la familia, sin importar que problema haya.
Le detectaron la infección tarde y para ese entonces el tumor no era operable, ni siquiera la quimio más potente podía ayudarla. El efecto expansivo de esa noticia la descompuso, la alteró de tal manera que la dejó diez días internada por una infección pulmonar. Ya sus sesenta años no eran los justos para que la mantengan de pie ante cualquier dificultad.
Estela disfrutaba siempre de las reuniones familiares y de las visitas que le hacía a sus amigos. Cada semana, un asado, un cumpleaños o simplemente una reunión ocasional le completaba la agenda y esa actividad social la hacía feliz. El último domingo de junio, tal vez el más otoñal del año, una ronda de mate con su marido la llenaba de placer, extrañamente no hubo visita inesperada ni asado programado, y para mantener la línea decidió quedarse a solas con su marido todo el día y salir a caminar por la plaza de la ciudad. Los árboles habían llenado de hojas secas y crocantes el parque y el sol se cubrió de nubes para atenuar sus potentes rayos y así dejar que un abrigo y los abrazos de su marido le den el calor necesario para que no tenga frío.
Buscaron un banco sin sombra y se sentaron a charlar. Fue una salida tan fuera de lo común que parecían dos extraños. La noche llegó y con ella el tiempo de volver a casa, Estela se sentía cansada y un raro cosquilleo le corrió por la espalda. Ya era tarde, la charla duró su buen tiempo y Estela preparó la comida rápido. Ni bien se sentó a cenar otro cosquilleo (más fuerte que el anterior) la volvió a recorrer, esta vez, por todo su cuerpo. Estela se desmayó.
Se despertó en el hospital, escuchó la gravedad de su enfermedad. Se volvió a descomponer. Tuvo un paro que la dejó quince días en terapia.
Los meses pasaron, la recuperación tardaba en llegar y Estela se desesperaba por dentro cada vez más. Faltaban pocos días para Navidad y quería definirse, no aceptaba la idea de pasar las fiestas en cama y menos aún ver todos los días a sus familiares saludandola como si estuvieran en un velatorio. Llamó a su marido y le pidió que para esa noche citara a sus hijos, hermanos y amigos intimos.
Antes de la última campana de la iglesia toda la gente estaba reunida. Caras de incertidumbre, mucho miedo y sobre todo sorpresa pintaban la habitación de un color amargo. Estela ordenó que la sentaran en la cama (no tenía ni siquiera fuerzas para quedarse en un sillón), miró, examinó cada rostro. Imágenes y recuerdos de cada presente la abordaban como una ola gigante. Siguió examinando y por último llegó a su marido. Con ojos vidriosos y tomandole la mano, fijó su vista en él y dijo: "No quiero vivir más asi, es tarde, estoy triste y llena de recuerdos. Basta de esto, es mucho dolor, por todos lados. Los amo a todos. Mañana no me quiero despertar".
Un viento fuerte soplaba el día 21 a la mañana, todas las hojas crocantes chocaban contra la casa. Parecía que los árboles la querían saludar. Un fila de trajes negros llevaban un féretro. Más hojas caían y el sol se dejó tapar por una enorme nube. Era 21 a la mañana y Estela recordó aquella tarde de otoño.
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Ficciones
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